La Doctrina de Las Signaturas en La Obra de Edward Bach

 

por Ricardo Mateos

Cuando en 1928 Edward Bach abandonó su prestigiosa consulta médica de Harley Street, en Londres, necesitaba, con toda probabilidad, alejarse del sofocante sentimiento de limitación que le producían el positivismo y el materialismo imperantes en el ámbito de la ciencia, visiones entronizadas en el pensamiento occidental gracias a la obra de René Descartes, el filósofo francés formulador del racionalismo, que estableció la separación de dos realidades contrapuestas: la mente, o res cogitans, y la materia, o res extensa. Se fortaleció entonces una particular forma de mirar a la naturaleza y a sus remedios, que mantenía la idea de separación entre mente y cuerpo, acorde con una visión mecanicista del cuerpo, que pasaba a ser contemplado como una máquina. Dicha perspectiva, que tanto había calado en el pensamiento occidental durante los últimos siglos, se separaba, sin embargo, de otra visión de la realidad del mundo natural, sin duda mucho más antigua, conocida como organicista, para la cual todo organismo (roca, planta, animal, o astro) está imbuido de un principio de fuerza vital, que se expresa en él en forma de patrón energético. Un patrón energético, o arquetipo, que, nos dicen ciertos textos antiguos, puede aprehenderse a través de la observación atenta y de la sintonización sensible.

Sin duda alguna, uno de los grandes misterios de la obra de Edward Bach es todavía el llegar a saber cómo descubrió los distintos patrones sanadores en las distintas plantas, y el por qué eligió unas especies vegetales en detrimento de otras. De hecho, y como nos descubre la obra erudita de Julian Barnard, el propio Bach desechó en su investigación dos especies vegetales particulares, por entender que sus particulares propiedades no se ajustaban a aquellos patrones que él pretendía trabajar con sus esencias. ¿Trabajó simplemente a través de la sintonización sensible, mediante su aproximación física a las distintas especies, tal y como Nora Weeks nos deja entrever en su obra? ¿O, acaso, contempló en su investigación la ya por entonces antigua “Doctrina de las Signaturas”, durante tantos siglos en boga en el pensamiento médico occidental? No contamos con textos del propio Bach que puedan aclararnos tan importante cuestión, pero la cuidada y afinada obra de Julian Barnard sobre la observación de la signaturas de las 36 plantas del sistema nos lleva a admitir, sin ningún género de dudas, que todos y cada uno de los patrones descritos por el doctor Bach pueden leerse, literalmente, a través de la observación empírica y el estudio profundo de cada una de las especies vegetales a partir de las cuales preparó sus esencias.

Así mismo, el autor norteamericano Matthew Wood, en su estudio sobre la medicina vitalista a lo largo de la historia1, la os habla de la existencia del doctor Lee Hunter Cooper, cuyo hijo fue buen gran amigo de Edward Bach, quien durante años preparó lo que él vino en llamar remedios Arbovitae, que no eran sino infusiones de flores en botellas de vino, exponiendo sus remedios al sol durante 20 minutos para potenciarlos, prescribiendo después la toma de una sola gota al día. Este mismo doctor Le Hunter Cooper, que ya trabajó con la Ornithogalum umbellatum, es decir, la Estrella de Belén de Bach, dejó escrito: “existe una correspondencia oculta en las plantas que no es demostrable a los sentidos, y que es independiente de cualquier modo especial de preparación”. Y, quien nos dice que el mismo Bach no leyó la obra de su contemporáneo del premio Nobel de literatura belga, Maurice Maeterlinck, quien ya había escrito sobre formas, colores y gestos de plantas como expresiones de emociones humanas. Pero tampoco podemos despreciar la influencia sobre Bach de los escritos del homeópata Kent, cuya obra estuvo tan influida por el sueco Emmanuel Swedenborg, quien ya en el siglo XVIII había hablado de la existencia de una correspondencia entre el mundo material y el mundo espiritual. Además, no es de extrañar que fuese buen conocedor de la obra del insigne botánico inglés del siglo XVII, Nicolás Culpeper, quien ya habló de las propiedades de plantas como al amaranto, recomendando las flores rojas de esta y otras plantas para tratar cualquier tipo de hemorragias.

La llamada “Doctrina de las Signaturas” ha sido una idea propia de los herboristas durante siglos, y no es ajena a las visiones médicas de la India Vedica, 1.500 años antes de Cristo, de la China milenaria, y de la cultura de los indios de las praderas de Norteamérica, a partir de la cuál evolucionó la llamada medicina quáquera. Durante largo tiempo numerosas plantas fueron utilizadas como elementos curativos en función de sus signaturas, partiendo de la idea creacionista de que Dios dejó una marca en todo aquello creado como un signo (o signatura, o firma), como una indicación del propósito de cada una de ellas en el conjunto de la creación. Esta visión deísta, o bien podríamos decir espiritualista, pretende que, mediante la observación afinada de las plantas, podemos determinar, a través del color de sus flores, de la forma de sus hojas, de su lugar de crecimiento, de sus particularidades morfológicas, y de otros elementos, cual es el propósito de cada planta en el plan divino. Por tanto, esta perspectiva se aleja profundamente de la visión de la ciencia moderna que separa materia de esencia y que no reconoce una realidad trascendente más allá de la realidad física de las especies vegetales.

Los alquimistas y herboristas medievales la tomaron como idea central de su concepción farmacológica y el hermetismo y el espagirismo en medicina aparecieron como un esfuerzo para comprender al mundo en su unidad, según un plan armonioso en el que las partes se corresponden y que reposa sobre la concepción fundamental de la analogía y relación perfecta que unen al individuo (microcosmos) con el gran orden superior (macrocosmos), de cuyas leyes el hombre no puede sustraerse. Los espagiristas también pensaban que entre el hombre y el universo las relaciones eran tales, que cada planta o cada sustancia se correspondían con un órgano o con un enfermo determinado (¿de ahí la idea de Edward Bach de que cada enfermo reacciona de forma diferente ante la enfermedad?).

Su mayor propulsor fue Teofrasto von Hohenheim, más conocido como Paracelso, quien a comienzos del siglo XVI era, probablemente, el alquimista más conocido en Europa. Sostenedor del famoso principio Como es arriba es abajo, y de la idea de paralelismo entre el microcosmos y el hombre y el macrocosmos del universo, Paracelso proponía que el espíritu observador debe de abandonarse y unirse al espíritu de lo observado, para con ello lograr alcanzar el conocimiento de la manera de actuar de una planta2. Y, ¿acaso no se nos dice que fue así como Edward Bach descubrió y definió el perfil de cada uno de sus remedios? Así, no puede resultarnos extraño que tenga un claro sentido el que, mientras la planta de Impatiens lanza sus semillas lejos de sí con notable fuerza por su pasión por avanzar y moverse en el mundo, el Mimulus deposite sin miedo las suyas en las fuertes aguas de los ríos de montaña, o que la Chicory deposite con cuidado las propias justamente a los pies de la planta madre.

Chicory, Mimulus, Impatiens

Otro formulador de esta misma doctrina fue Jacob Böhme, un zapatero alemán de comienzos del siglo XVII, autor de la obra Signatura Rerum: La signatura de todas las cosas. Pero con el desarrollo de la medicina racionalista, esta visión fue quedando completamente abandonada salvo escasas excepciones, a causa del desarrollo de la fitoquímica y la farmacología, que proporcionaron un sistema alternativo para la racionalización del uso de las plantas en medicina. La vieja tradición quedó oculta, menospreciada hasta por el propio Samuel Hannehman, formulador de la homeopatía, quien escribía: “No recordaré aquí la locura de esos antiguos médicos que basaban las virtudes curativas de las drogas medicinales en su forma y color, es decir, sobre la doctrina de los signos; que creían que el Orchis curaba la debilidad sexual porque sus raíces poseen dos bultos groseramente semejantes a los testículos; la calabaza sería útil en la ictericia porque es amarilla; las flores del hypericum en las heridas porque producen un jugo rojo, etc... Yo hago a un lado todas estas simplezas aunque se encuentren aún en materias médicas recientes”3. Y yo me pregunto si en 1928 Edward Bach no quería también alejarse de los planteamientos de la homeopatía, que él conocía también.

Pero la Doctrina de las Signaturas continuó apareciendo aquí y allá, especialmente en la tradición alemana heredera del idealismo kantiano y cercana a concepciones platónicas de la realidad. Así, la encontramos presente en la extensa obra de estudios botánicos del dramaturgo Wolfgang Goethe, retomada posteriormente, y ya a comienzos del siglo XX, por Rudolf Steiner, formulador de la Antroposofía, o ciencia del hombre. Para Steiner, que fue un meticuloso estudioso del mundo natural, la planta, observada en su conjunto, conforma un patrón energético particular que se manifiesta a través de su geometría (la geometría en 6 de lirios como la Estrella de Belén), su disposición espacial (el crecimiento en todas las direcciones del espacio de los tallos de la Vervain), el color de sus flores (el amarillo de plantas como Mimulus o Rock Rose que trabajan sobre el miedo), sus tropismos (la flor del Cerato se abre deshaciendo una estructura en espiral), su fragancia (el olor pungente del Walnut, que mantiene a los insectos a distancia), su periodo de floración (la Aulaga florece ya en las puertas del invierno en oposición al Cherry Plum, heraldo de la primavera), la forma de sus flores (las estrellas del Centaury o las estructuras tubulares de Honeysuckle), la forma de sus hojas (las agujas hojas del Holly, que reflejan la luz en todas las direcciones) y otros aspectos fisiológicos a los que podemos añadir la composición química (el ácido acetil salicílico de la corteza del Willow), o las taxonomías botánicas (la capacidad de las rosáceas para ayudarnos a habitar bien el cuerpo (Cherry Plum, Wild Rose, Crab Apple). Así, el patrón energético representado por cada planta, delicadamente construido a partir de su compleja estructura, puede corresponderse con una idea o arquetipo. Lo cual es consistente con el trabajo de Edward Bach, que asigna un patrón bien perfilado a cada una de sus esencias.

Crab Apple, Rock Rose, Cherry Plum

En cualquiera de los casos, y como apunta Patricia Kaminski: “Bach instó a un uso terapéutico de las flores que reaviva una conexión con la naturaleza que es viva y que está cargada de alma, y que, al mismo tiempo, tiende un puente hacia los reinos de la ciencia médica y de la psicología contemporánea”4. Y su trabajo, que sin duda hunde sus raíces en saberes muy antiguos, retoma la idea de que la vida aparece como una fuerza que no es ciega ni está dominada por el azar, sino que, por el contrario, está orientada por una suerte de instinto seguro y preciso, que algunos llamaron natura medicatrix, por el cual todas las manifestaciones poseen su razón de ser y su finalidad.

1Wood, Matthew, TheMagical Staff. The  Vitalist Tradition in Western  Medicine, Berkeley, North Atlantic Books, 1992.

2Paracelso, Botánica oculta. Las plantas mágicas, Barcelona, Editorial Pons, 1994.

3Prebisch, Ricardo, Evolución de las ideas médicas, en www.homeoint.org/articles, p. 6.

4Kaminski, Patricia, Repertorio de Esencias Florales, Barcelona, Indigo, 1997.


 


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