Cuando en 1928 Edward Bach abandonó su prestigiosa consulta médica de Harley Street, en Londres, necesitaba, con toda probabilidad, alejarse del sofocante sentimiento de limitación que le producían el positivismo y el materialismo imperantes en el ámbito de la ciencia, visiones entronizadas en el pensamiento occidental gracias a la obra de René Descartes, el filósofo francés formulador del racionalismo, que estableció la separación de dos realidades contrapuestas: la mente, o res cogitans, y la materia, o res extensa. Se fortaleció entonces una particular forma de mirar a la naturaleza y a sus remedios, que mantenía la idea de separación entre mente y cuerpo, acorde con una visión mecanicista del cuerpo, que pasaba a ser contemplado como una máquina. Dicha perspectiva, que tanto había calado en el pensamiento occidental durante los últimos siglos, se separaba, sin embargo, de otra visión de la realidad del mundo natural, sin duda mucho más antigua, conocida como organicista, para la cual todo organismo (roca, planta, animal, o astro) está imbuido de un principio de fuerza vital, que se expresa en él en forma de patrón energético. Un patrón energético, o arquetipo, que, nos dicen ciertos textos antiguos, puede aprehenderse a través de la observación atenta y de la sintonización sensible. Los alquimistas y herboristas medievales la tomaron como idea central de su concepción farmacológica y el hermetismo y el espagirismo en medicina aparecieron como un esfuerzo para comprender al mundo en su unidad, según un plan armonioso en el que las partes se corresponden y que reposa sobre la concepción fundamental de la analogía y relación perfecta que unen al individuo (microcosmos) con el gran orden superior (macrocosmos), de cuyas leyes el hombre no puede sustraerse. Los espagiristas también pensaban que entre el hombre y el universo las relaciones eran tales, que cada planta o cada sustancia se correspondían con un órgano o con un enfermo determinado (¿de ahí la idea de Edward Bach de que cada enfermo reacciona de forma diferente ante la enfermedad?). Su mayor propulsor fue Teofrasto von Hohenheim, más conocido como Paracelso, quien a comienzos del siglo XVI era, probablemente, el alquimista más conocido en Europa. Sostenedor del famoso principio Como es arriba es abajo, y de la idea de paralelismo entre el microcosmos y el hombre y el macrocosmos del universo, Paracelso proponía que el espíritu observador debe de abandonarse y unirse al espíritu de lo observado, para con ello lograr alcanzar el conocimiento de la manera de actuar de una planta2. Y, ¿acaso no se nos dice que fue así como Edward Bach descubrió y definió el perfil de cada uno de sus remedios? Así, no puede resultarnos extraño que tenga un claro sentido el que, mientras la planta de Impatiens lanza sus semillas lejos de sí con notable fuerza por su pasión por avanzar y moverse en el mundo, el Mimulus deposite sin miedo las suyas en las fuertes aguas de los ríos de montaña, o que la Chicory deposite con cuidado las propias justamente a los pies de la planta madre.
Otro formulador de esta misma doctrina fue Jacob Böhme, un zapatero alemán de comienzos del siglo XVII, autor de la obra Signatura Rerum: La signatura de todas las cosas. Pero con el desarrollo de la medicina racionalista, esta visión fue quedando completamente abandonada salvo escasas excepciones, a causa del desarrollo de la fitoquímica y la farmacología, que proporcionaron un sistema alternativo para la racionalización del uso de las plantas en medicina. La vieja tradición quedó oculta, menospreciada hasta por el propio Samuel Hannehman, formulador de la homeopatía, quien escribía: “No recordaré aquí la locura de esos antiguos médicos que basaban las virtudes curativas de las drogas medicinales en su forma y color, es decir, sobre la doctrina de los signos; que creían que el Orchis curaba la debilidad sexual porque sus raíces poseen dos bultos groseramente semejantes a los testículos; la calabaza sería útil en la ictericia porque es amarilla; las flores del hypericum en las heridas porque producen un jugo rojo, etc... Yo hago a un lado todas estas simplezas aunque se encuentren aún en materias médicas recientes”3. Y yo me pregunto si en 1928 Edward Bach no quería también alejarse de los planteamientos de la homeopatía, que él conocía también.
En cualquiera de los casos, y como apunta Patricia Kaminski: “Bach instó a un uso terapéutico de las flores que reaviva una conexión con la naturaleza que es viva y que está cargada de alma, y que, al mismo tiempo, tiende un puente hacia los reinos de la ciencia médica y de la psicología contemporánea”4. Y su trabajo, que sin duda hunde sus raíces en saberes muy antiguos, retoma la idea de que la vida aparece como una fuerza que no es ciega ni está dominada por el azar, sino que, por el contrario, está orientada por una suerte de instinto seguro y preciso, que algunos llamaron natura medicatrix, por el cual todas las manifestaciones poseen su razón de ser y su finalidad. 1Wood, Matthew, TheMagical Staff. The Vitalist Tradition in Western Medicine, Berkeley, North Atlantic Books, 1992.
2Paracelso, Botánica oculta. Las plantas mágicas, Barcelona, Editorial Pons, 1994. 3Prebisch, Ricardo, Evolución de las ideas médicas, en www.homeoint.org/articles, p. 6. 4Kaminski, Patricia, Repertorio de Esencias Florales, Barcelona, Indigo, 1997. |
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